Salimos de Denver hacia Breckenridge el sábado pasado a eso de las
8 AM. Un verdadero logro fue ya haber salido temprano, porque (no se por qué) la cama aprieta más fuerte los fines de semana. La mañana estuvo muy bonita; hacía sol, no había muchas nubes, estaba tibio pero no sofocante, perfecto.
Llegamos a Breckenridge más o menos a las 10 AM. Breckenridge es uno de esos pueblitos cuya economía se basa casi únicamente en el esquí, por lo tanto cuando termina la temporada de esquiar, es tiempo muerto y casi no hay ni personas ni nada que hacer. Esta situación es ideal para dos ermitaños como Fer y yo.
Nos metimos por una carreterita de tierra llamada Spruce Creek Road y al final de ésta encontramos una gran pila de nieve bloqueando el paso, pero también encontramos un letrero señalando el comienzo del sendero: Continental Falls - 3 millas. ¡Bingo! En ese momento de celebración jamás de nos ocurrió pensar que existía otro sendero que cortaba la distancia a la mitad si hubiésemos podido seguir adelante por la carretera cerrada. Pero, de todos modos no había forma de llegar hasta allá en carro.
Desde el comienzo de la travesía hubo nieve. Nos percatamos de que habían unos diamantitos azules pegados a lo alto de los árboles marcando el camino, pues con la gran cantidad de nieve estaba todo tapado. Entramos por un bosque de pinos muy lindo y casi todo el camino fue por este bosque.
Fer no se estaba sintiendo bien. Pensamos que tenía mal de altura, aunque en ese momento yo pensé que eran changuerías, así que lo obligué a continuar. Paramos a descansar en varias ocasiones y fuimos de poquito a poquito. Confieso que me desesperé un poco, porque yo no tenía ningún síntoma y quería seguir.
En uno de nuestros reposos en un claro del bosque, unos pajaritos de lo más simpáticos vinieron a ver qué comíamos. Sabemos que es ilegal alimentar los animales del bosque, y usualmente nos abstenemos de hacerlo; sin embargo, no me pareció una mala idea en ese momento compartir mis arándanos secos con ellos. Y así comenzó una bonita y profunda amistad. Al principio se los tiré lejos de mí, y poco a poco según fui cogiendo confianza, más cerca y más cerca, ¡hasta que comieron de mi propia mano! ¡Fue súper! Fer también lo hizo y todos esos segundos que pasamos allí fueron tan especiales que ya no estaba enojada con él por ser un débil. A fin de cuentas, todo fue idea suya.
Seguimos el camino poco a poco y cuando alcanzamos las 2 millas llegamos a un pequeño estanque donde había una represa de castor y hasta logramos ver el castorcito saliendo de su casita, nadando por allí. Eso también fue súper.
Más o menos por esa área encontramos una intersección con otro camino, de repente había 3 opciones por donde continuar y ningún letrero de cascadas por ninguna parte. Supusimos continuar por el que tenía el mismo nombre del principio, Spruce Creek Trail. Y así, inseguros, pero siempre adelante, seguimos nuestro rumbo.
La nieve en esta parte se puso más y más difícil. Cuando nos hundíamos, nos hundíamos hasta jón, que en este caso sería casi hasta la cintura. Contemplamos la idea de regresar al carro, pues no teníamos ni el equipo ni la vestimenta apropiados para seguirlo; sin embargo, ninguna de las personas con las que nos topamos tampoco tenían nada. Es más, esos estaban más desnudos que nosotros. Así que luego de luchar contra nuestras consciencias y entre nosotros mismos decidimos resistir y proseguir.
Y a todo esto, el pobrecito Fer se sentía mal. Pasamos mucho tiempo caminando lentamente y descansando mucho. Traté de ser paciente y seguramente si hubiese sido yo en su situación, lo habría obligado a regresar a casa, así que tengo que reconocer que se portó como un campeón.
La nieve fue disminuyendo conforme subíamos, ya que el bosque se hizo menos denso y el sol calentaba mejor. Pasamos por una pequeña represa artificial y luego vimos por fin otro letrero: Mohawk Lake: .5 millas. ¡Uf! ¡Ya casi!
¿Recuerdan que se podía seguir en carro si la carretera no estuviera cerrada? Pues aquí sería el verdadero comienzo de la excursión. ¡Todo el sufrimiento que hubiéramos evitado!
Y seguimos. Esta vez el camino se hizo más empinado y entonces yo comencé a sentir su efecto. Una vez terminó la subida, pudimos ver de lejos nuestro destino: las cascadas casi al tope de la montaña. Tuve la corazonada de que no llegaríamos hasta allá arriba, pero no dije nada. Y yo sé que Fer también lo supo. Al menos no este día.
Más adelante encontramos una seria de ruinas de cabañas viejas, de cuando la fiebre de oro, así como distintas construcciones también con el mismo propósito. Una de las cabañas estaba casi en perfectas condiciones. Fer le quitó el seguro, la abrió y entró. Yo tenía mis dudas, pero cuando vi que nada lo atacó y que no se cayó por el piso roto, decidí entrar también. Había rastros de que otras personas de esta época habían estado allí. Más aun, la habían rescatado y preparado para el uso de todo el que quisiera. Había una nota que lo decía. Hasta ahí llegamos. Fer se sentía ya muy mal, (ahora me siento culpable por ello). Ya no había más sendero, pues la nieve lo tapaba. Estábamos tan cerca y tan lejos. Nos sentamos a merendar cerca de las cabañas; se oía el agua de la cascada, pero no se veía. Mientras Fer descansaba yo me armé de valor y estupidez para hacer mi propio camino por la nieve profunda y llegar al menos hasta la parte más baja de la cascada. Lo logré, pero cuando me di cuenta de lo que había hecho, ya era demasiado tarde: Estaba enterrada hasta la cintura en la nieve y se me hizo bastante difícil salir. Pero valió la pena.
Allí pude ver la última parte de la cascada y, a lo lejos, todo lo que faltaba. Me quedé complacida, pues yo tampoco quería seguir. Salí escarbando mi camino hacia fuera de la nieve y el frío. Mis zapatos se llenaron de hielo, las medias estaban empapadas y mis pies helados. Ya era suficiente.
Nos fuimos por donde vinimos, resbalando cuesta abajo por la nieve, cayéndonos de vez en cuando, y en silencio regresamos al carro sin detenernos. 6 horas cuesta arriba, 2 cuesta abajo.
Encontramos a nuestros amiguitos, los pajaritos, en el estacionamiento. Juraría que eran los mismos, pues se nos acercaron bastante y esperaban más comida. No los decepcionamos. Ya en el carro, más tranquilos, Fer confesó que todo había sido muy lindo y que le había gustado la experiencia, pese a todas las peripecias. Nos fuimos con la promesa de regresar más tarde este verano, cuando ya no haya nieve y la carretera que corta la ruta a la mitad esté abierta.
esta historia me lleno d felicidad jajaja :D
ReplyDeleteLa mejor parte: "ya no estaba enojada con él por ser un débil". Jajajajja.. Pero me parece súper excelente que hayas llegado al borde de la cascada. Estoy muy orgullosa! :D Ojalá puedan volver en el verano.
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