Hoy la excursión fue para el hospital.
Teníamos planeado hacer una caminata en el Rocky Mountain National Park, porque este fin de semana la entrada era gratis. Sin embargo, lo que me entró a mí no nos permitió hacer nada.
Hacía unas semanas había notado un enrojecimiento en mis muslos, inofensivo en aquel entonces, que ignoré atribuyéndolo al calor o a los cambios hormonales o a una de esas changuerías pasajeras que le da a la piel de vez en cuando.
El sarpullido empeoró un poco el sábado antepasado, pero todavía estaba sólo en mis muslos. Picaba un poco, pero nada grave. Lo tomé como un recordatorio de que ya era hora de someterle al agua y jabón. Pero no resultó ser una cuestión de mugre añeja.
Con el pasar de los días la comezón se hizo un poco más y más intensa. Y ya para el viernes en la noche había llegado hasta las pantorrillas. Me compré un gel de Benadryl para aliviar la piquiña, que en cuestión de algunas horas había comenzado a ser más incómoda.
La noche del viernes fue que empezó el julepe. Me desperté para ir al baño, a eso de las 3 de la mañana. Cuando me vi en el espejo noté, no sólo que estaba más hinchada en las piernas, si no que definitivamente la cosa iba subiendo por la espalda y mis brazos. Toda la parte posterior de mi cuerpo tenía una serie de bolitas, rayas, nubes, islas, continentes dibujados en mi piel, todos rojos y abultados y que me estaban picando como el diablo. Ahí, ya lo cogí en serio.
No pude dormir esa noche hasta las 5 AM, que me quedé dormida en el sofá. Durante las horas de la madrugada que estuve despierta hice una investigación de qué me estaba ocurriendo. En varios sitios de Internet mostraban fotos de distintas posibles condiciones de la piel, y una de esas fotos se parecía a lo que tenía en mis piernas: Urticaria.
Leí los síntomas, leí las causas, leí los efectos, leí las anécdotas, leí las recomendaciones. Toda esa gente estaba mil veces peor que yo, ¡pobrecitos! Descubrí que no es una condición seria, que es muy común y que en la mayoría de los casos se debe a una reacción alérgica del cuerpo a ciertos alimentos, medicamentos, picaduras de insectos, bacterias o virus, detergentes o perfumes, en fin, podría ser por cualquier cosa.
Hice memoria de qué rayos pude yo haber ingerido que me causara tanto daño. ¿La leche de soya, el yogurt de mousse de chocolate nuevo, el detergente del lavaplatos que he estado usando con más frecuencia que nunca; el nuevo body mist de Dove que estoy comprando para oler decente, el haber dejado de tomar mis pastillas por un mes; alguna criatura montañesa que se me habría metido por algún sitio en una de nuestras excursiones; el reciente calor del verano que ya está comenzando; el estrés… ? ¡Ah! Podría ser cualquiera de esas cosas o ninguna.
A la mañana siguiente estaba toda cubierta de ronchas y del gel pegajoso de Benadryl, cuarteándose en mi piel y convirtiéndose en escamas y pellejos guindando. Y como todavía picaba, compré Bendryl para tomar, que según lo que había leído, era el remedio número uno. Puse toda mi fe en la medicina moderna y me lo tomé. La irritación bajó considerablemente. “¡Ay, qué felicidad! Me voy a curar prontito”, - pensé. Llegó la noche, tomé otra vez mi Benadryl y a dormir. Me acosté como a las 11.
A la 1 de la madrugada del domingo me desperté incómoda. Fui al baño, me miré en el espejo: ¡WOW! ¿Qué había pasado? Mi cara, mis hombros, mi cuello, mi espalda arriba y abajo, mis piernas completas, todo, ¡TODO! estaba cubierto por la urticaria, y picaba tanto. Me asusté mucho.
Corrí a la compu e hice otra búsqueda: ¿debo ir a urgencias? Lo que leí básicamente me decía que me dejara de noñerías, que así como de repente vino, se irá. No obstante, leí que si tenía los labios y la lengua hinchados, y experimentaba dificultad para respirar, sí debía ir al médico.
Y entonces se me activó lo de hipocondríaca: tenía la bemba hincha’ y como que la lengua se sentía rara… - “¡anda pa’ la porra! ¿Me puedo morir d’esto?”
Me metí doble dosis de Wal-dryl (la marca genérica de Walgreens) y esperé a mejorar. “¡Vamos Wal-dryl, haz tu efecto!” - Me di un baño de avena con agua fresca, (fue uno de los remedios naturales que leí), estuve en la bañera como por dos horas y se me alivió bastante del picor, pero las pústulas rojo intenso seguían ahí.
Me fui al sofá para tratar de dormirme, (ya eran casi las 4 de la mañana y no había dormido nada). Me acosté boca arriba y ahí me cundió el pánico: no podía ni tragar, ni respirar bien. “¡@#$%^&*!”
Corrí a la compu otra vez: ¿Dónde hay un hospital cerca? ¿Cuánto costará? ¿Me lo cubrirá el plan? ¿Habrá otros doctores disponibles un domingo en la mañana? Planifiqué el viaje al hospital más cercano usando Google Maps. Traté de tranquilizarme y me acosté otra vez.
Con un Padre Nuestro en mi lengua hinchada me quedé dormida. Si moría de asfixia por lo menos iba a estar dormida y Fer me encontraría en la mañana toda azul tirada en el sofá; C’est la vie! o en este caso: C’est la mort! Cerré los ojos y descansé.
A las 7 Fer me despertó. ¡Estaba viva! Me miró sorprendido y me preguntó si quería ir al hospital. La presión del pecho era mayor. No podía, por ejemplo, reírme de mí misma cuando vi mi cara y cuello llenos de ronchas, el aire no estaba entrando bien. - “Sí, vamos.”
Llegué al hospital y estaba completamente vacío. Me registré en una computadora escribiendo sólo mi nombre, fecha de nacimiento y el porqué de mi visita. Al segundo ya estaba adentro con alguien chequeándome la presión y tomando algunos datos de mis síntomas. Rapidito me dieron una batita y mi propio cuarto. ¡WOW!
Contrario a “El Niagara en bicicleta”, el soundtrack en mi cabeza era “I like to live in América” ¡Qué rapidez! Mis instintos anti-americanos se fueron por el caño momentáneamente. ¡Oh, qué gran nación donde no hay caos, ni cafrerías, y las carreteras son rectas, y hasta las flores crecen en orden y en los hospitales no hay que esperar! (El análisis es más profundo que eso, lo discutiremos en otro momento).
¡Qué aventura! Tenía mi propio cuarto de hospital y hasta una batita de esas que no cierran por detrás, (o al menos nunca le encontré el truquito). Me dieron medicinas y me dejaron en observación por una hora. Descansé un poquito, luego Fer me trajo desayuno, y, cuando iba por la mitad de mi sándwich de croissant con huevo y queso, llegó la enfermera: “Te vamos a poner una inyección de epinefrina, porque tu cara está cada vez peor. Vas a sentir la adrenalina por todo tu cuerpo, como si hubieses visto un oso y estuvieras corriendo por tu vida. Lo que esto hace, es que bombea la sangre hacia tu órganos vitales, sacándola de la epidermis y mejorando significativamente la hinchazón”.
“¡Dale!”- pensé. Puse mi sándwich aun lado, preparé el brazo y esperé el pinchazo. ¡BUM! Me puse jincha como un peo, (como diría mi madre). Miré a la enfermera, que mientras sacaba la aguja, dejó salir disparado un chorro de sangre de mi brazo, que cayó justo sobre mi sándwich. Inmediatamente sentí ansiedad, nervios, calor, frío, temblor: “O mai gad! O mai gad! Dat dident fil gud ar ol. O mai Gad! I wan tu crai. Ay, Fer! ”. La enfermera se asustó. “Oh my God! I’m so sorry! I hope i didn’t do anything wrong!”
Me sentía débil y temblorosa, tibia por dentro y fría por fuera. Me chequearon el corazón con los chuponcitos y la maquinita que hace “pi – pi – pi” de las películas y me pusieron una manguita de oxígeno. ¡Súper cool!
La enfermera dijo que todo estaba bien. Poco a poco me recupere del shock. Y lo mejor de todo, mis ronchas habían desaparecido, casi totalmente. ¡Magia!
El doctor llegó unos minutos después y se alegró de mi pronta mejoría. Me escribió una receta de esteroides, dijo que continuara tomando la Benadryl y me recomendó ir a otro doctor alergista.
He aquí la historia de un camino. Un camino incierto que todavía sigue, porque necesitamos saber la causa de todo este embrollo. Espero sentirme mejor para la aventura del próximo sábado…